El Nacional: Madres y familias marcadas

Durante períodos que parecían enterrados por la historia, que se consideraban superados por el civismo de los venezolanos, por sus luchas democráticas, si un ciudadano era perseguido por el gobierno sus familias eran víctimas de la ojeriza oficial. Los parientes del cautivo, o del perseguido, eran sometidos a una discriminación que provocaba su aislamiento de la sociedad, su expulsión de los lugares a los que pertenecían y en los cuales se desenvolvían con normalidad. Esas condenas propias de la barbarie han vuelto por sus fueros.

Hay muchos casos de esta pavorosa naturaleza, sucedidos en el período de la tiranía, gomecista. El de la familia Pimentel, por ejemplo, famoso en su época pero digno de recordación debido a que se repite en nuestros días con los rasgos propios de la actualidad. Cuando se detiene al capitán Luis Rafael Pimentel por su complicidad en una intentona golpista contra el Benemérito, las hienas no solo se ceban contra su humanidad. La condena incluye a su madre, a sus hermanos y a sus hermanas, que son sometidos a un vituperio proverbial.

Los varones van a dar a la cárcel, pese a que no han cometido delitos, y las señoras de la parentela son expulsadas del trato social debido al miedo provocado por los torturadores de un régimen despiadado. La  madre recibe en silencio el desprecio de los vecindarios, a las hermanas les cuesta conseguir trabajo y los varones se convierten en huéspedes asiduos de La Rotunda. No ha cometido delito, no se les acusa de nada, pero son familiares de un capitán alzado. De allí los insultos inmerecidos y el alejamiento de los que antes eran sus amigos cercanos, con honrosas excepciones.

Lo mismo sucede en tiempos de Pérez Jiménez. Por ejemplo, si se persigue a Leonardo Ruiz Pineda por su protagonismo en la clandestinidad, también toca a sus parientes la cuota correspondiente de castigo y vituperio. Como a los allegados de Carnevalli y de Pinto Salinas. Todos quedan marcados, a todos se les pone en la frente una especie de señal de ceniza para que la sociedad deje de tratarlos, para que queden aislados en su contorno, emparedados en vida. Especialmente las madres, debido a su pecado original de traer al mundo a unas criaturas convertidas en magnífico escollo y en ejemplo de dignidad. Todos merecen experimentar el infierno venezolano antes de morir, especialmente ellas.

Pero, por desdicha, no hablamos de tiempos pasados y yertos. En la grosería, en la altanería, en el menosprecio que caracteriza el trato de la Guardia Nacional con la familia López Mendoza, y en especial con la madre de Leopoldo López, constatamos llenos de vergüenza la repetición de esos episodios infamantes. La diferencia consiste en que la sociedad mira con espanto una conducta tan aberrante, y se solidariza con unos venezolanos honrados cuyo único baldón, según los esbirros de turno, consiste en vigilar el destino de un joven injustamente aprisionado. El gomecismo y el perezjimenismo resucitan, pero no así sus cómplices.

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