Manuel Malaver: Es el hambre, estúpidos, es el hambre

En las últimas dos semanas el mundo contempló asombrado cómo la apertura intempestiva del cierre fronterizo San Cristóbal-Cúcuta generó una avalancha de casi 100 mil venezolanos que, se lanzaron hacia pueblos y ciudades colombianas a comprar, desesperados, dos productos que hace tiempo desaparecieron en Venezuela: alimentos y medicinas.

Se vivieron escenas de euforia, alegría, dolor, incredulidad y terror, porque, contrario a lo que normalmente sucede, no eran los soldados y guardias de seguridad colombianos quienes podrían disparar para impedir la violación de la línea de demarcación binacional, sino los guardias nacionales venezolanos, que, armados hasta los dientes, eran atropellados y, estupefactos, permitían que sus connacionales “invadieran otro país”,

La pregunta es: ¿qué extraño fenómeno sucedía en la política de los dos países hijos de Bolívar para que, se invirtieran los roles en un tema tan sensible como es el de la soberanía nacional y uno de ellos, Venezuela, hiciera de invasor, y el otro Colombia, se dejará invadir?

Se trataba de un tema de crisis humanitaria, sin duda, pues solo en la circunstancia de que resulte evidente que una gran catástrofe azote a los nacionales de un país fronterizo, el otro abre los controles y autoriza el cruce.

Y es que, la crisis humanitaria que sufre Venezuela -producto de una escasez de alimentos crónica que ronda en la hambruna y la desaparición de medicinas indispensables para la salud y la vida de millones de persones-, ya “es un fantasma que recorre al mundo”, toca las puertas de instituciones, organismos. personalidades y ONGs, así como de gobiernos de los cinco continentes que se han ofrecido, generosamente, a enviar la ayuda humanitaria que se juzgue necesaria.

La ONU ha sido la primera en hablar, pero también la OEA y la Unión Europea, y el Mercosur, y presidentes de países como Mauricio Macri de Argentina, y Mariano Rajoy de España, e individualidades del porte de Mario Vargas Llosa y Enrique Krauze, todos absolutamente convencidos y preocupados de que una inmensa catástrofe sacude a Venezuela y necesita ayuda urgente, viable y cuantiosa.
Sin embargo, para asombro del mundo, y en especial para los venezolanos y latinoamericanos, el gobierno que preside el dictador, Nicolás Maduro, no solo se ha negado a aceptar la ayuda humanitaria, sino a reconocer la crisis, y así, de la manera más irresponsable y criminal, cada día aumenta en cientos de miles el número de venezolanos que pasa a sufrir de desnutrición, malformaciones y adquieren males crónicos.

¿Por qué? ¿Qué razones puede abrigar un ser humano para no permitir la ayuda a otros que la necesitan y en qué escala de la maldad, la tozudez o la imbecilidad pueden situarse políticos que actúan causando daños que pueden resultar irreversibles, pero que pudiendo evitarlos, los sostienen y hasta promueven?

Evidentemente que, en el caso de Maduro, podría tratarse de un dictador torpe e inhumano que, como todos los de su especie, solo le interesa mantenerse en el poder y, dado que admitir la ayuda y la crisis, podría significarle su salida de Miraflores, pues la niega, así como los Stalin, los Mao, los Franco, los Pinochet, Videla y Fidel Castro jamás admitieron que los países que gobernaron sepultaban millones de muertos de su puño y letra.

Pero en el caso venezolano, no solo es Maduro quien lo niega, sino la abundosa burocracia gubernamental, los miembros del partido oficial, el PSUV, miembros de instituciones como la FAN y de sindicatos de obreros y empresarios, todos militantes, simpatizantes o relacionados con la ideología marxista que, liderada por Chávez, se puso en pie de guerra para implantar el socialismo en Venezuela,

Todo lo cual nos lleva a la conclusión de que, el mal de Venezuela no es individual sino colectivo, es tanto político como ideológico y tiene su origen en las teorías de dos filósofos alemanes, Karl Marx, y Frederick Engels, que en el siglo XIX renovaron las utopías de franceses e ingleses del siglo XVIII, les colocaron la etiqueta de “científicas”, las llamaron “socialismo”, le dieron la forma de partidos y las lanzaron a conquistar un mundo nuevo, después de destruir al capitalismo.

Idea que no habría estado del todo mal, si la secta o partido no se nutre de una serie de dogmas inviolables, destinados a cumplirse por mandato de la razón histórica y organizados al margen de toda ley moral, porque primero están las leyes contenidas en las escrituras y después los hombres concretos, sean de la clase, raza, edad, sexo, o credo que sean,

De esta secta, estos fanáticos y estas escrituras vino la felizmente desaparecida Unión Soviética, durante 70 años convertida en una Venezuela de 200 millones de habitantes; la China de Mao, derivada en una secuencia de hambrunas, atraso y anarquía hasta que Deng Siao Ping decidió rescatarla; los países de Europa del Este, escaldados por tiranos de oficina, apátridas y burocratizados; pero también la Cuba de los hermanos Castro, dos dictadores que ya gobiernan 55 años, casi nonagenarios y que parece que hasta la muerte les tiene miedo.

Pero de ahí también viene la Venezuela de Chávez y Maduro que ya dura 17 años, en realidad una monstruosa excresencia del comunismo cubano que había sobrevivido al colapso del sistema utópico-marxista a finales del 89 y finales de los 90, pero preparándose a vivir su mejor momento, cuando se encontró que unos venezolanos trasnochados aun creían en el socialismo, el marxismo y el fidelismo y estaban dispuestos a no ser sepultados a menos que arrastraran 30 millones de venezolanos a la tumba.

Y lo están logrando, aunque Chávez intentó que fuera toda Latinoamérica la que lo acompañara a descender al sepulcro y así cumplir un designio que, quizá no formara parte de sus instintos primarios, pero si del basurero de ideas que lo atiborró desde la adolescencia, y con el cual, ensayó en Venezuela los mismos errores por los que Stalin, Mao, Kim Il Sung, Pol Pot, y Fidel y Raúl Castro destruyeron a sus países.

Y miren que se lo advirtieron, alertaron, pero no, un marxista y socialista no es una persona en la que la realidad y la racionalidad desempeñen algún papel, sino que, su mente está repleta de énfasis heroicos, de visiones apocalípticas, de gestos y frases míticos e inútiles, para los cuales la historia es un teatro en el que el caudillo, semidiós y redentor, librará, ganará y celebrará sus hazañas.

Se dio en Venezuela la circunstancia fatal de que, en el intermezzo de la dictadura chavista (1999-2012), comenzó un nuevo ciclo alcista de los precios del petróleo (2004-2008) y con la masa monetaria percibida (unos dos BILLONES y medio de dólares) se facilitó la obra del tirano para destruir la democracia nacional y continental y así, lo que no era más que otro delirio marxista, pareció el advenimiento del terrible socialismo real.

Se expropiaron y estatizaron miles de empresas y fundos productivos, se asignaron miles de miles de millones de dólares para empezar la restauración del socialismo en Venezuela y en América, se exportó la revolución y se refrescó la decrépita revolución cubana, nació una órbita de países castrochavistas (Cuba, Nicaragua, Venezuela, Ecuador y Bolivia), se financió el populismo y el socialismo en países como Brasil, Argentina y Uruguay, se agregaron países “hermanos” del Caribe angloparlante y Centro América y La Habana y Caracas hablaban como la nueva Moscú y la nueva Beijing y Fidel Castro y Chávez como los nuevos Stalin y Mao.

Se trató, incluso, de desatar una nueva “Guerra Fría” y de crear un ejército regional que desafiara a los Estados Unidos y decidir en una suerte de Armagedón si era el capitalismo o el socialismo, el imperialismo yanqui o Latinoamérica.

Todo el orbe se estremecía y compraba sus entradas para no perderse esta “Madre de todas las Batallas” que solo sucedía en la televisión que Chávez usaba como su gran teatro y la tribuna desde donde derrotaba ejércitos, naciones, repúblicas, monarquías e imperios.

Y así hasta que los precios del petróleo empezaron a bajar en julio del 2008, y mermaron los petrodólares, y los ejércitos y los aliados, y los restauradores del socialismo, y los Armagedones, y las arengas, y Chávez acabó, no se sabe si en La Habana o Caracas, si en diciembre del 2012 o marzo del 2013, víctima, dicen, de una intriga palaciega (sarcoma también le dijeron) y en la cual participó (es otro rumor) el torpe, lento y abúlico dictador Maduro.

Solo seguro y convencido en un asunto: los socialistas no pueden decir que fracasaron y si hay que experimentar con más y más fracasos, se hará hasta por 100 años, si es necesario.

No importa los muertos que se precisen para hacer realidad una verdad que ha resultado un error, porque no ha sido bien implementada.

¿Colas, enfermos, muertos? Es verdad, pero eso es culpa de los imperialistas saboteadores que no soportan nuestra felicidad.

“Y por eso conspiran” decía recientemente Maduro en una cadena de radio y televisión, “crean la guerra económica, los bachaqueros, y las colas. Aquí no hay hambre, sino conspiración de la derecha”.

“Se los digo yo, Maduro” pudo agregar, “un filósofo del caos, y la muerte por hambre, enfermedades y desnutrición”.

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