La agonía. Por Charito Rojas

​“El que abusa, para engañar, del juramento, reconoce que teme a su enemigo y que insulta a Dios”.Plutarco (46 o 50 dC-120 dC), historiador, biógrafo y filósofo moralista griego.

Venezuela sufre una lenta agonía. La muerte está llegando no sólo a la boqueante democracia, atacada por todos los flancos por una revolución que destroza la constitución, sino también a los venezolanos, que agonizan y mueren por hambre, carencia de medicamentos, angustias infartantes y un hampa capaz de los crímenes más macabros.

La pregunta que nos hacen a los periodistas ya no es ¿qué crees que va a pasar?, porque todo lo malo que podía pasar, ya está pasando. La pregunta ahora es ¿cuándo se acaba esto?, refiriéndose evidentemente al fin del tan inepto como canalla gobierno revolucionario. Quienes protesten estos calificativos, deben ser brutos o enchufados. Quienes defienden el régimen ya han pasado de la categoría de seguidores políticos a la de verdugos de un pueblo que está sufriendo esta guerra desatada en su contra por quienes detentan el poder y lo usan para imponerse en el tiempo, cueste la democracia que cueste, cuesten las vidas que cuesten.

Mal debe estar la cordura cuando un gobierno lanza a sus cuerpos de seguridad como perros de presa contra médicos que aceptan donativos para salvar vidas, contra twiteros que revelan el drama diario, contra ejecutivos bancarios que no son responsables del colapso de la plataforma de la estatal CANTV, contra estudiantes, comunicadores, dirigentes políticos que alzan su voz de protesta ante los atropellos.

Esta semana hemos visto en vivo y directo dos actuaciones que muestran al mundo la gran desgracia que vive Venezuela, gobernada por patanes irrespetuosos. Diosdado Cabello, un diputado que no asiste a la Asamblea Nacional, sino que está dedicado a mitinear por todo el país, como portavoz de los más radicales agresores del chavismo, emite insultos que destruyen cualquier intención de diálogo, reconciliación, o siquiera rectificación. “El papa no ha mandado ninguna carta, quien mandó una carta fue el señor Pietro Parolín; falta de respeto, irresponsable, creer que desde el Vaticano van a tutelar a Venezuela”… “Respete que nosotros no nos metemos allá en el Vaticano con las cosas internas que pasan allá, no nos metemos con los padres acusados de pedofilia, son ustedes los que tienen que arreglar eso, no se metan en los asuntos internos de las venezolanos”, dijo.

Esta barbarie no solo política sino además humana del Vicepresidente del PSUV, suponemos es compartida por los militares que asisten a estos mítines degradantes. Ignorando los principios básicos de la ciencia (la tierra es redonda, todo lo que sube baja, la tortilla siempre se voltea), parecen creer que su permanencia en el poder será eterna o trabajan para que lo sea, sometiendo por hambre a los más indefensos, aislando a Venezuela convirtiéndose en detonante de los organismos internacionales, peleándose con gobiernos vecinos y amigos, quebrando la economía nacional, provocando la más grande migración de venezolanos.

El segundo retrato de la decadencia revolucionaria es el superintendente del Sundde entrando muy guapo y apoyado por la guardia, en comercios con el único fin de reeditar un “Dakazo”, cuando sin siquiera fiscalizar los precios ordena bajar los precios, detener a los comerciantes y obligar a vender a mitad de precio con el burlón cartel “Ofertas Sundde”. El “Me lo pones preso”, contra un comerciante, mientras los guardias lo esposan, es la más fiel representación del abuso, arbitrariedad, humillación, ilegalidad, que viven los venezolanos todos los días.

Los daños que ha causado esta revolución de pacotilla comienzan por el desprecio total a los derechos humanos de los venezolanos. No les importa que familias completas rebusquen en la basura para mitigar su hambre, no les interesa que los enfermos mueran por no tener medicinas y tratamientos, ni les conmueve la muerte de neonatos y parturientas en hospitales contaminados, ni el sufrimiento diario de la inmensa mayoría para trasladarse, trabajar, estudiar o vivir sin agua, sin luz, sin Internet, sin gasolina, sin gas, sin alimentos, sin transporte, sin repuestos.

No hablo de casos aislados, sino de un país entero que está afrontando las más duras condiciones de vida, sin tener siquiera el derecho a protestar porque el régimen y sus secuaces judiciales se han encargado de extirparlo. No quieren que nadie se entere que las niñas wayúu se venden por 2.000 bolívares para poder comer; que las venezolanas están vendiendo su cabello por dinero; que hay madres que regalan sus hijos porque no los pueden alimentar; que hay niños muriendo de cáncer, adultos muriendo de cáncer, porque no están llegando los tratamientos y los equipos de radioterapia carecen de repuestos; que hay torturas a los presos políticos; que PDVSA, saqueada por los boliburgueses que hoy disfrutan en el exterior los millones del país, está en su nivel más bajo de producción en 60 años; que la inflación ocasionada por las agallas de querer controlar hasta el último bolívar del país, ha empobrecido a la clase media y llevado a la miseria a los pobres; que los pensionados y jubilados en el exterior no reciben su pensión desde junio de 2015 y están sometidos a la caridad pública; que los médicos, profesores universitarios, periodistas, empresarios, profesionales jóvenes, se han ido masivamente para hacer sus aportes a otros países porque en Venezuela los cuadrúpedos que rebuznan y dan coces también mandan.

Los venezolanos están cansados de esta dura vida. El país con las mayores reservas de petróleo del mundo tiene un gobierno que somete a su pueblo a morir de mengua. El diablo de Monagas se burló de Lilian, Mitzy y Antonieta, tres luchadoras cuyo valor las llevó a encadenarse en el Vaticano para llamar la atención del mundo sobre los presos políticos venezolanos. “La cadena y que es Gucci”, dijo este sembrador de odio que carga sobre sus hombros acusaciones que algún día lo llevarán a tribunales internacionales.

Venezuela agoniza, pero patalea. La agarran por el cuello, pero da manotazos. La ahogan, pero saca la nariz. Venezuela necesita la fuerza unida de todos sus hijos para dar punto y final a esta agonía prolongada. Todos a hacer su trabajo y remar hacia el mismo puerto para alcanzar cuanto antes el fin de esta oscura pesadilla. Pero YA. Los políticos saben que el tiempo se acaba, los ciudadanos están impacientes y el gobierno juega irresponsablemente a avivar un fuego que lo va a asar sin que ninguna fuerza de choque pueda contener el encendido de la llama libertaria.

Al final de los tiempos, cada quien será responsable o culpable de sus acciones u omisiones.

Charitorojas2010@hotmail.com

@charitorojas

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