Daniel Ortega revalidará su hegemonía gracias a la falta de pluralismo

Foto: REUTERS/Jorge Cabrera

Las encuestas predicen un nuevo triunfo de Daniel Ortega en las elecciones que se celebran este domingo en Nicaragua, donde las limitaciones impuestas al pluralismo por parte del Gobierno del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) condicionan la vida política. Ortega se presenta en compañía de su mujer, Rosario Murillo, candidata a la vicepresidencia, en lo que ha sido criticado como una manifestación de dominio familiar, al estilo de los Somoza, contra quienes combatió la revolución sandinista. Varios hijos de la pareja controlan negocios del Estado.

«Estas elecciones son una farsa», advierte Carlos Fernando Chamorro, uno de los más conocidos disidentes del sandinismo. Chamorro dirigió «Barricada», órgano del FSLN, del que fue apartado tras la derrota sandinista en las elecciones de 1990, ganadas por su madre Violeta. Otro destacado disidente, Sergio Ramírez, que fue vicepresidente con Ortega hasta esas elecciones, también carga contra el «caudillismo» de su antiguo compañero.

Desde que Ortega regresó al poder en 2006, Nicaragua vive «un proceso de deterioro profundo, progresivo y aún no acabado» del sistema democrático, afirma

Gabriel Álvarez, profesor de Derecho Constitucional, recién expulsado de la Universidad Nacional Autónoma por sus críticas al Gobierno. De hecho, Ortega logró volver a la presidencia gracias a un pacto con el presidente Arnoldo Alemán destinado a rebajar el porcentaje de votos necesario para alcanzar el cargo. El pacto incluyó un reparto partidista de los puestos de la Corte Suprema de Justicia y del Consejo Supremo Electoral, que pasó a controlar del todo el FSLN cuando llegó al poder.

«El pluralismo ahora ha sido reducido a cero, Daniel se lo ha cargado, ahora ya no hay oposición». Álvarez se refiere así a la prohibición de que el principal partido de la oposición, el Partido Liberal Independiente, que obtuvo el 31 por ciento de los votos en las elecciones de 2011, se presente a las presidenciales de este domingo.

Ni debates, ni actos de campaña

En ese contexto de falta de competencia, las encuestas predicen un holgado triunfo de Ortega, que podría sumar hasta al 70 por ciento de los votos. En las simultáneas elecciones legislativas, el FSLN probablemente aumentará la mayoría cualificada que ya tiene.

Ante estas circunstancias, podría sorprender que estos días no haya en Managua manifestaciones de ciudadanos enojados por esos procedimientos. Pero es que ni siquiera hay ambiente electoral: no se han organizado debates, ni apenas hay actos de campaña. «Aquí lo que le preocupa a la gente es comer. Con este Gobierno la economía no ha ido mal, así que no hay muchos motivos para un cambio», afirma Darío Meza, un albañil que como la mayor parte de su generación estuvo movilizado en la guerra civil de la década de 1980. Aquella guerra sigue muy presente en la memoria del país y lleva a valorar especialmente la estabilidad y la ausencia de violencia.

Como el resto de Centroamérica, Nicaragua apenas ha notado de momento la crisis económica y sigue creciendo. Creció un 4 por ciento en 2015 y este año quedará probablemente por encima del 3 por ciento. A diferencia de otros líderes bolivarianos, Ortega ha combinado su acción de hegemonía política con un pacto con la clase empresarial y los inversores. Eso le ha permitido mejorar ciertas infraestructuras y desactivar financiación para partidos opositores.

Con todo, el progreso social ha sido lento. La pobreza, aunque ha descendido, sigue afectando al 39 por ciento de la población. El desempleo es señalado como el principal problema por el 55 por ciento de los ciudadanos. Muchos de ellos emigran, especialmente a Costa Rica, de manera que las remesas de los emigrantes –921 millones de dólares en los nueve primeros meses del año– se han convertido en el principal ingreso del país.

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